A noite

ICULT   SALVADOR  SOBRAL   FOTO   JORDI CALVERA

El jueves por la tarde hice algo que no hago nunca. Fui en coche a Barcelona. Así, sin anestesia alguna. Lejos de ser por alguna urgencia no declarada, lo hice para ir a un concierto. Impropio de mí, ¿verdad?
Los dioses saben que este tipo de locuras las hago raramente. Porque para mí, a diferencia de para la mayoría de mortales, ir en coche a Barcelona es una barbaridad. Es caro, es estresante y es absurdamente lento. Con M., la amiga con la que fui al concierto, tardamos más en llegar a Pedralbes en coche de los que hubiéramos tardado en tren y metro, pero era jueves, com he dicho al principio, así que a altas horas de la madrugada pocas alternativas al coche habríamos encontrado para volver.
Fue en mayo del 2017. Me encantaría decir que lo descubrí antes, que era de aquellas que lo veía en bares en Barcelona y que soy una seguidora antigua (no, ni siquiera aquí usaré la palabra “fan”, es sencillamente horrible y define en pocas ocasiones lo que realmente es una persona que se interesa por el arte de otra). Bueno…iba diciendo, ¡ah sí! Que me encantaría poder decir que soy una seguidora antigua pero no es así. Lo cierto es que soy de esas cada vez más escasas personas que cada maldito año miran el Festival de Eurovisión en mayo. Y era de maggio, como dice la canción napolitana, cuando descubrí al representante de Portugal. Como a muchos europeos lo que se me pasó por la cabeza fue un “¿en serio? ¿este qué hace aquí, pobre animal?” (bueno, lo de “pobre animal” igual no se les pasó por la cabeza a muchos europeos, de acuerdo…). El representante iba vestido casi entero de negro, con el pelo recogido en una pequeña coleta que dejaba, eso sí, la mayor parte del cabello en libertad. Y poco más se puede describir, salvo una extraña sensación de que algo no iba bien. Al final del certamen, cuando Salvador Sobral se erigía como ganador de la noche, los comentaristas lo dijeron: estaba enfermo del corazón. He ahí la respuesta a esa sensación tan desalentadora. Para entonces no sabía (yo, personalmente) si la cosa era seria o no, simplemente me quedé con aquella canción delicada clavada en la memoria, Amar pelos dois, “Amar por los dos”, que cantó Salvador pero cuya autora es su hermana, Luisa Sobral, cantante de sobras conocida en su país natal. Aquí va la canción:

Pasaron los meses, empecé a seguirlo en las redes sociales, pero debo admitir que no presté toda la atención que merece. Podría poner la excusa de que el trabajo me ocupaba mucho tiempo (y sería cierto), pero también es cierto que cuando quiero el tiempo lo encuentro. El tiempo está siempre, de nosotros depende usarlo como queremos. Supe, con cierta angustia, que estaba en el hospital a la espera del trasplante. N., un queridísimo amigo siciliano que dejó este mundo mucho antes de lo que debería haberlo hecho, me preguntó una vez por qué sufrimos mucho más con la enfermedad o la muerte de un ser cercano que con la de uno que no lo es. Le respondí que, quizá, era una cuestión biológica, que no soportaríamos preocuparnos de igual manera por todo el mundo. Por eso la operación a la que se sometió Salvador me supo mal, claro está, no solo porque es innegablemente un chico muy joven, sino porque además es un artista. Pero también es innegable que mi preocupación era relativa.
A principios de este año supe que le habían hecho el trasplante y que había ido bien. Me alegré, faltaría más. También supe que haría un concierto en Barcelona, y llegamos ahora al punto inicial del relato. Quería ir. Tenía la seguridad de que había mucho más detrás de la canción de Eurovisión, y no me equivocaba. Les propuse el concierto a algunas amigas, pero por un motivo u otro no podían acompañarme. Estaba decidida a ir sola (hubiera sido la enésima temeridad) pero por fin le pregunté a M. y ella aceptó encantada. Aunque no lo habíamos hablado hasta poco antes del concierto, lo cierto es que ambas vivimos una situación análoga en lo que se refiere a descubrir la música de Sobral.

Así que ahí estábamos el jueves a las siete y media de la tarde en la tradicional retención que va desde Cerdanyola hasta el Nus de la Trinitat. ¡Ah! ¿Qué sería de la C58 sin esas inexplicables retenciones? Cuando por fin llegamos a Pedralbes, los dioses quisieron regalarnos un sitio donde aparcar…un pelín alejado, sí, pero algo es algo, que en Barcelona ya se sabe.

Zeus estuvo de buen humor y evitó la lluvia durante el concierto (aunque estaba nubladísimo y las predicciones eran nefastas). El concierto fue sorprendente. Sin más. Quien se haya quedado con la imagen del Sobral de Eurovisión no sabrá dónde se ha metido, ni a quién tiene delante cantando jazz. La energía, la potencia vocal, los bailecitos (¿por qué no?), las bromas con el público (y no era ni mucho menos poco el que estaba allí aquella noche)…todo ahora rebosa vitalidad. Vitalidad y talento. No en pocas ocasiones ocurre que un artista es bueno, o lo parece, por los discos que graba, pero después en concierto es simplemente terrible (o no terrible del todo, pero decepcionante). Bien. Sobral es el caso completamente opuesto. Comprad el disco si queréis, no os diré que no vale la pena, pero a la mínima ocasión que tengáis id a verlo en vivo. No solo él, los tres músicos que lo acompañan son simplemente magníficos (¡ah, el pianista!).
Acabo con un apunte: la foto de inicio del texto es la del Periódico, puesto que Salvador Sobral pidió explícitamente al público que no hiciera fotos durante el espectáculo (cosa que también hizo Bob Dylan). Me gustaría preguntar a la organización del Festival Jardins de Pedralbes por qué, entonces, pusieron una foto a tamaño real para que la gente se hiciera los selfies que Sobral no quiere, nunca, hacerse con nadie. No hubiese estado de más respetar la voluntad del artista de veras, y no solo durante el espectáculo.

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